El viaducto de la línea Yamanote, frontera del barrio. Una vez cruzado el paso elevado de la línea Yamanote el mundo cambia. Si caminas hacia el este desde ese puente, llegas a lo que se suele llamar el Barrio Coreano. Es un destino turístico donde las chicas buscan tiendas para sus compras, y las calles están repletas de restaurantes coreanos.

¡Alto! Antes de seguir leyendo recuerda que esta es la segunda parte, aquí puedes encontrar la primera.

El Viaducto De La Línea Yamanote | Frontera Del Barrio

Sin embargo en esta zona, originalmente, apenas vivían coreanos. La Copa Mundial de Fútbol de 2002, copatrocinada por Japón y Corea, y la serie de televisión Gyeoul Yeonga (Sonata de invierno), que comenzó a transmitirse en 2003, provocaron un alud de inversiones y convirtieron el área casi en un parque temático.

Pero más que todo eso atrae lo que hay en el lado oeste del viaducto de la línea Yamanote: todo tipo de tiendas con artículos que las personas del Sur y el Sudeste Asiático, y del Medio Oriente, necesitan para vivir aquí.

Tiendas de alimentos que venden condimentos locales, verduras y productos diversos, empresas de transferencia de dinero, restaurantes con sabor local, periódicos gratuitos en varios idiomas, alineados en los aleros de dichas tiendas, mezquitas e iglesias, mausoleos taiwaneses e hinduistas… La zona entera huele a vida, y ese olor va llenando.

El Viaducto De La

Es como estar viajando por toda Asia. Es entonces cuando se puede notar la juventud del barrio. Bastantes vecinos, en particular muchos oriundos del Sudeste Asiático (principalmente vietnamitas) son estudiantes internacionales de veintitantos años, y su presencia le otorga a la zona un aire de juventud.

Hay muchas escuelas de japonés, y escuelas vocacionales, que aceptan extranjeros en el área que va desde Shin-Ōkubo hasta Takadanobaba. Cerca de 40.000 extranjeros viven en el distrito de Shinjuku, y la mitad de ellos son, al parecer, estudiantes internacionales.

En los 23 distritos tradicionales de Tokio son hoy día pocos los aprendices técnicos, algo que se ha convertido en un problema. Esto se debe a que la mayoría de las fábricas y granjas donde esos aprendices trabajan principalmente se hallan en áreas rurales. Las veladas de estos estudiantes, tras sus clases, suelen ser bastante espectaculares.

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En el camino hacia la estación hablan con alegría, compran y comen en locales musulmanes de kebab y restaurantes coreanos de hotteog, y se dispersan entre el gentío. Sin embargo, pocos estudiantes internacionales pueden volver a casa directamente. La mayoría tiene algún trabajo a tiempo parcial.

Trabajan en tiendas de veinticuatro horas, en tabernas, limpian hoteles… Hoy día trabajan incluso en las cocinas de los restaurantes coreanos. Mantienen este tipo de trabajos para poder contribuir a sus pagos escolares y el coste de la vida.

Sin embargo, la ley japonesa estipula que los estudiantes internacionales solo pueden trabajar hasta un máximo de 28 horas semanales, y si este número se sobrepasa el estudiante puede llegar a ver su visado revocado.

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A ese dilema de querer trabajar más pero no poder se suma a veces la frustración que le provocan al estudiante los clientes japoneses, cuando le gritan en el trabajo. En esos casos el estudiante se va a los locales en los que se reúne su gente.

Si nos asomamos, por ejemplo, al Egg Coffee o a Heo-chan, lugares típicos de reunión para estudiantes vietnamitas, es como entrar en la sala de un club escolar. Un chico vestido a la moda rasga su guitarra y canta alguna canción famosa de su ciudad natal. Las chicas lo retratan con sus smartphones y montan un escándalo. “Siempre hay alguien cuando vengo aquí”.

Todos ellos repiten esta idea. Por eso todos los días, cuando terminan las clases o el trabajo a tiempo parcial, acuden a estos locales. Es algo que alivia un poco la soledad de vivir en un país extranjero. Muchos de los estudiantes internacionales que pasan sus días de esa forma quieren conseguir trabajo en Japón.

Desean pasar de su escuela de japonés a una escuela de formación profesional o una universidad, y trabajar para una empresa japonesa. De esa manera pueden enviar más dinero a su familia, e incluso si regresan a su país pueden utilizar su experiencia en Japón para mejorar sus posibilidades laborales.

Shin-Ōkubo está lleno de una vitalidad y una fuerza que no dejan de apuntar a niveles más altos.

El número de estudiantes internacionales está disminuyendo debido a la crisis del coronavirus, que ensombrece ahora el bullicio de las tiendas de la zona, y las restricciones de inmigración continúan, pero Shin-Ōkubo sigue siendo el “barrio de la juventud” de los jóvenes extranjeros.