Un Genio que Sobrepasó los Límites de la Música. Takemitsu nació en Tokio en 1930. Su inclinación hacia la música se manifestó al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando tenía 15 años. Un día, extenuado tras la dura jornada de trabajo que se les imponía a los jóvenes movilizados para suplir la falta de mano de obra en las fábricas, oyó por casualidad Parlez moi d’amour.

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Un Genio que Sobrepasó los Límites de la Música

Takemitsu Tōru Un Genio que Sobrepasó los Límites de la Música

Los sones de esta canción fueron suficientes para convencerlo de que deseaba dedicar su vida a la música. Las cadencias de aquella voz femenina impactaron dulcemente en el alma de un joven que solo había conocido el estruendo de las bombas y los marciales cánticos militares. En la posguerra, Takemitsu se inició en la composición prácticamente sin ayuda de nadie.

El hogar familiar quedó destruido dos veces por los bombardeos y, lógicamente, su familia no podía permitirse comprar un piano. Por eso, el joven llevaba siempre un teclado de piano que él mismo se había hecho sobre un papel. Su fantasía se encargaba de extraer todos los sonidos de aquel mudo teclado.

Takemitsu Tōru Un Genio que Sobrepasó los Límites de la Música

En el siglo XIX Japón hizo un esfuerzo coordinado por el propio Estado para adoptar la cultura occidental, pero cómo conseguir una expresión propiamente japonesa dentro de las formas occidentales seguía siendo un desafío. El mundo de la música no era una excepción y continuaba bajo el influjo de Yamada Kōsaku y otros precursores de la música alemana.

Pero Takemitsu sentía que había algo físico en aquella música que no encajaba en sus gustos y se acercó a dos músicos, Kiyose Yasuji y Hayasaka Fumio, que exploraban formas expresivas más propiamente japonesas.

Sin embargo, la reivindicación expresa que estos músicos hacían de lo japonés en sus creaciones despertaba recelos en Takemitsu y se convirtió en motivo de discusiones, porque para Takemitsu en el arte no había occidente ni oriente.

Takemitsu debutó como compositor a los 20 años con Futatsu no rento (Lento in due movimenti, 1950), pero la obra, demasiado innovadora por la forma en que estaba compuesta y por sus resonancias, no fue bien acogida por la crítica. Pero Takemitsu tuvo la suerte de toparse con el poeta surrealista y crítico de arte Takiguchi Shūzō.

Junto a los jóvenes que se habían congregado alrededor de Takiguchi, Takemitsu formó un grupo llamado Jikken Kōbō (“Taller experimental”), que abarcaba la música y otras expresiones artísticas y literarias.

Bajo la bandera del experimentalismo y la contemporaneidad, el grupo organizó conciertos en los que la música se fundía con el arte e hizo otros muchos novedosos intentos.

En este nuevo ambiente, Takemitsu probó suerte en otros muchos campos además de la música, de lo que es muestra la publicación en una revista del ensayo “Paul Klee to ongaku” (“Paul Klee y la música”), siguiendo los consejos de Takiguchi. En 1953, en plena fase vanguardista, Takemitsu contrajo una grave tuberculosis que lo obligó a abandonar todas sus actividades.

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Fue entonces cuando el crítico musical Akiyama Kuniharu, uno de sus compañeros de Jikken Kōbō, le propuso componer una pieza para orquesta.

Takemitsu respondió a su propuesta con Gengaku no tame no rekuiemu (“Réquiem para instrumentos de cuerda”), que dedicó a su admirado Hayasaka que había muerto en 1955, a los 41 años, a consecuencia precisamente de una tuberculosis. Takemitsu completó su obra en 1957, a los 27 años.

La suerte se enderezó definitivamente para el joven músico dos años después, en 1959, cuando un nuevo medicamento le permitió dejar atrás su enfermedad. Igor Stravinsky, que visitó Japón en aquella época, oyó por casualidad la pieza y se sintió impresionado por su fuerza.

En tono elogioso, se extrañó de que una música tan “rigurosa” pudiera salir de un hombre de tan pequeña estatura. Las palabras del famoso músico ruso surtieron un efecto inesperado y le abrieron al japonés las puertas del éxito mundial. Era una época en que en los países occidentales se abría paso el interés a lo culturalmente distinto, lo no occidental, como el zen.

Takemitsu Tōru

Cuando el mundo musical japonés mostraba una clara tendencia a imitar lo occidental, Occidente ponía sus ojos en Oriente. Mayuzumi Toshirō, otro compositor de la misma generación que Takemitsu que estudió en Europa, regresó a Japón con la conclusión de que su país ya no tenía nada que aprender de Occidente.

Pero Takemitsu aspiraba a disfrutar de una contemporaneidad en la que todos los artistas del mundo, al margen de cuál fuera su lugar de procedencia, dialogasen, se conocieran y pusieran en común su pensamiento y emociones.

Takemitsu Tōru

Así, aprovechando este ambiente de gran receptividad hacia lo oriental en los eventos musicales internacionales organizados en Occidente, Takemitsu pasó a ser uno de los músicos más frecuentemente invitados a participar en ellos.

Cuando le preguntaron cuál había sido su secreto para, de forma tan inopinada, haberse convertido en un compositor tan reclamado en el extranjero, Takemitsu respondió entre risas: “¡No vas a desesperarte desde el principio! Cuanto peor sea la situación, mayor es la cantidad de esperanza que hay que poner en juego”.

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El sencillo humor con el que afrontaba su vida fue, sin duda, una de las razones por las que siempre fue querido y estimado por quienes lo rodeaban allá donde fuera.